martes, 17 de julio de 2012

EXPERIMENTO TEXTIL (DE TEXTO): Guardián de Piedra

“¿Cómo he llegado yo hasta aquí?” —Dijo mientras corría, sin esperar respuesta.

Leortas era un joven artesano de un poblado al sur de Hispania. Era uno de los mejores escultores de toda la región, sus obras eran las más valoradas por los sacerdotes, que recorrían distancias enormes para solicitar alguna de sus obras para sus respectivos santuarios. Pero Leortas no era un íbero como los demás. Entre el resto de culturas de la península, los íberos eran los que tenían más fama como feroces y valientes guerreros, por encima incluso que los griegos y los romanos. Pero Leortas siempre prefirió mantenerse alejado de los conflictos, sólo buscaba su tranquilidad, le daban igual las ridículas rencillas de los demás mientras a él le dejaran en paz, y a Leortas nunca pareció importarle que le vieran como un asustadizo o cobarde.

“¡Nunca creí en dioses, solo aceptaba sus monedas para poder desarrollar mi arte!” —Gritó mientras trepaba a un árbol lo suficientemente alto— “Entonces... ¿Por qué estoy aquí, tan lejos de mi hogar, huyendo de esta extraña bestia? Maldigo la noche en que empezó todo...”

Leortas siempre dormía tranquilamente, sin despertarse durante toda la noche, por eso le extrañó despertarse de golpe con aquella rara sensación, envuelto en la oscuridad. De repente, un punzante dolor le recorrió la cabeza. “Leortas, —dijo una voz en su cabeza— soy Balor, dios del inframundo, y tengo un mandamiento para ti. En un futuro, un poderoso y valeroso mortal llegará a mi reino, y su sepultura deberá ser protegida por una de tus esculturas, una que represente a un animal capaz de amedrentar a los malos espíritus y a cualquier otro ser que desee perturbar el descanso eterno de tan noble héroe."
Cuando el dolor cesó, Leortas pensó que fue un sueño, pero para asegurarse decidió que al día siguiente esculpiría la figura de un amenazante oso.
Cuando a la mañana siguiente salió de su casa, en la misma puerta yacía un oso muerto. Leortas enseguida comprendió el mensaje, aquello no fue un sueño, y el animal elegido no había satisfecho la petición del dios.
Durante los días siguientes, cada vez que Leortas decidía esculpir algún animal, encontraba su cadáver en la puerta. Desde el lince al toro, ningún animal conocido por Leortas parecía contentar al caprichoso dios.
Harto de su “maldición”, Leortas decidió viajar al sur y cruzar el mar hasta el continente desconocido, en busca de algún animal que contentara al caprichoso dios.

“¡De todas las bestias que he encontrado en este salvaje lugar, ninguna te gustó! —Gritaba desde el árbol mientras observaba a la extraña fiera que aguardaba en el suelo, esperando a que tarde o temprano, Leortas bajara.— Ni siquiera aquella gigante con esa nariz tan larga y aquellos colmillos... ¡Y eso que su bramido asustaría a cualquiera! Ni aquel feroz lagarto con la boca alargada llena de afilados dientes que intentó engullirme cuando me acerqué a beber al río, ni aquella bestia gris con un gran cuerno en el hocico que intentó embestirme... ¡Las eliminaste a to...!”

Leortas calló y reflexionó durante largo tiempo. La bestia esperaba pacientemente bajo la sombra de aquel árbol, no parecía tener ninguna prisa.

“¡¿Sabes?! —Exclamó mirando al cielo— ¡Esta bestia es tan feroz e inspira tanto temor, que es la idónea para proteger tu maldita sepultura!

Leortas miró fijamente a aquella bestia, la cual parecía estar más viva que nunca, sin inmutarse por el monólogo de su presa. Resignado, intentó ponerse cómodo sobre las grandes ramas de aquel árbol, con la intención de no caerse durante la noche. Con un poco de suerte, al amanecer estaría resuelto el problema.
Se equivocaba.
La bestia, la que tendría que esculpir, lo observaba desde abajo con curiosidad. Era como un gato de color marrón, pero de unos 300 kilos de peso, con una larga melena alrededor de la cabeza, con unas garras enormes y con una cola que terminaba en una pequeña maraña de pelo.

“¡¿Qué?! ¡¿En serio?! Los dioses tenéis un retorcido sentido del humor...” —Dijo resignado.

Unas semanas después, llego al poblado un viajero juglar cantando las hazañas de un valiente llamado Leortas que hicieron bullir a toda la aldea.

De cómo escapó Leortas de aquella bestia, llamada “león” por el juglar, poco se supo realmente en aquel momento, pero eso no impidió que en su pueblo surgieran rumores de ello: Los más jóvenes fantaseaban con la versión que cantó el juglar, que Leortas encontró el coraje que siempre tuvo en su interior y luchó de manera feroz contra la bestia. Los fuertes guerreros hispanos, más incrédulos en cuanto a la fuerza del escultor, elogiaban su inteligencia y pensaban que, de alguna manera, Leortas logró engañar y espantar a ese extraño “león”. Los más ancianos y supersticiosos aldeanos no dudaron en pensar que los dioses le sacaron de aquella delicada situación.

Cuando finalmente Leortas volvió a casa, tras muchos meses de viaje, todos se asombraron de lo que vieron.

No solo porque el “débil” escultor era ahora un gran y musculoso guerrero al que se le notaba en la piel las marcas del sol y de innumerables peligros, sino porque llegó montado en una extraña y enorme bestia marrón de larga melena e intimidantes fauces.

Durante generaciones, los ancianos del poblado narrarían la leyenda de Leortas, un asustadizo escultor que viajó al sur en busca de una misteriosa criatura, de cómo se enfrentó a todo tipo de peligros hasta encontrar y dar caza a la bestia, de cómo la domesticó y cómo volvió a casa convertido en un valeroso héroe.
Durante generaciones, los niños del poblado jugarían entre ellos a imitar las aventuras que realizó Leortas por todo el mundo a lo largo de su extensa vida.
Durante generaciones, los eruditos aprenderían las técnicas escultóricas de Leortas, estudiarían cómo retomó su amada afición cuando ya era lo suficientemente viejo como para viajar en busca de aventuras, y contarían cómo dedicó los últimos años de su vida, por fin, a cumplir el encargo del dios Balor antes de morir en paz en su hogar rodeado de su querida familia.
Durante generaciones, los peregrinos viajarían hacia la tumba de Leortas como muestra de respeto hacia el valeroso aventurero y se maravillarían de la extraña escultura que vigilaría su sepultura, la escultura de una criatura nunca antes vista por ninguno de ellos, con grandes fauces abiertas, con una larga melena y grandes y amenazadoras garras, capaz de inspirar temor hasta al más valiente guerrero.

Miles de años después, la leyenda de Leortas sería olvidada, sus dioses sólo serían fantasía y su cultura estaría extinguida. Pero en algún museo de aquella futura civilización, seguiría en pie una escultura que aún maravillaría e inspiraría temor y respeto en todo aquel que se posara delante de ella.



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